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Catacroc!

julio 28, 2007

Sorpresa, sorpresa. Bienvenidos a éste inesperado pero NECESARIO post vacacional acerca de una de las plagas veraniegas más esperpénticas, resistentes, pero afortunadamente inflamables de éste año: Las Crocs.

Ni frío ni calor.

La primera vez que vi unas de estas fue en los pies de unas mochileras nórdicas en Guatemala. En el preciso instante en que me empezaron a sangrar los ojos, supe que se propagarían de la misma manera amable y considerada que la peste bubónica. Su diseño elegante a la par que discreto me trajo a la mente cosas como ésta:


¿Si me gusta pagar el triple para compensar mi escasa personalidad por qué no hacerlo también con mis pantuflas?

Y luego pensé en el ipod, en las rastas, en Ikea, en el agua inteligente y en el trip hop y me dije a mí misma: “Tranquila, no pasa nada, todavía es moderno. Queda al menos un año para que lleguen al mainstream español”. Y así fue. Me olvidé del tema, pero este verano las crocs llaman a la puerta y reclaman lo que es suyo.

Y no respetan nada…
ni a nadie.

¿Pero quién está detrás de esto? ¿Quién es culpable? Yo os lo diré. Resulta que cuatro amigos de Colorado tuvieron un día la original idea de crear un zapato cómodo. Desgraciadamente, cuando se disponían a pensar en el diseño, tuvieron un accidente de rafting y se golpearon la cabeza con una roca. Momentos después habían nacido las Crocs.

El primo tonto de Lacoste.

Si pensáis que, aún siendo feas como el demonio, las Crocs son unas sandalias coloristas y honradas cuya gracia está en su comodidad y en la simpleza de su diseño que no intenta engañar a nadie, os demostraré que estáis equivocados:


¿Cómo? ¿Que mis crocs no pegan con mi bolso de macramé? Pues ahora mismo lo arreglamos.

Y la cosa empeora por momentos:

¿Naútico o neumático?

Pero ahora bien, las cosas están claras cuando uno ve las Crocs, ¿pero que pasa cuando uno las TOCA? En la cabeza de cualquier ser humano inteligente, decepcionado por el imperceptible cambio de milenio y las vanas promesas de la ciencia ficción, algo hace *clic* al sostener una croc en su mano. Porque NO tiene el repugnante tacto plasticoso que era de esperar y sobre todo porque no pesan NADA. El ser humano sorprendido se pregunta entonces: ¿ha llegado por fin el futuro y está hecho de este material? ¿se habría puesto Julio Verne estos zapatos y yo soy un retrógrado? ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?


“Jo, por qué tengo que renunciar a este material si es más abrigao y soluciona mi problema de olor corporal…”

Sin embargo, aunque el impulso es fuerte, antes de sucumbir ante unos zuecos de colores con agujeros, el ser humano inteligente ha de contestar con sinceridad a estas preguntas:
-¿Trabajo en un hospital en la planta de pediatría y alegro los últimos días de niños terminales?
-¿Soy amaestrador de delfines?
-¿Soy Ronald McDonald?

Si la respuesta a estas tres preguntas es NO, entonces no hay más remedio que dejar a las Crocs donde están y decirse con resignación: “No, no funcionará”.

Aun así, fascinada por el Croslite, el material patentado por Crocs, que es una especie de resina ligera, me pregunto por qué no hay más cosas hechas con él? Aunque la fórmula concreta de Crocs es secreta, debe de ser muy fácil imitarla o mejorarla, sin tener que copiar también su horroroso diseño.


¿Podremos caminar con ellas sobre el agua?


¿Podremos caminar con ellas sobre felinos?

Por el momento, nuestros amigos de Colorado, han sacado estas botas y no creo que pueda resistirme durante mucho tiempo a una prenda que podría haber diseñado Matt Groening para Futurama (o es que existe algo más parecido a las botas de Leela?). En mi defensa he de decir que NO son veraniegas, NO tienen agujeros y que odiar y hacer campaña contra la crocs tampoco está ya de moda.


Este otoño, donde dije digo, digo diego.